27.9.11

Trilogía

por Rodrigo Gonzalez Martìn.



Hemos seguido por la prensa, por Internet, su gran y exitoso periplo mexicano en Morelia, Queretaro, Guanajuato, San Miguel de Allende, Mérida, Guadalajara. Y aún tiene próximas citas en Oaxaca y en Monterrey para el próximo otoño. Así que la exposición en Riaza es una suerte para los ojos y la memoria, para la amistad y la palabra fácil que nos regala L. Moro.

La obra de L. Moro crece en cantidad, porque sigue siendo un trabajador incansable, y sobre todo en calidad, porque es ya una obra madura, coherente, fiel a sí misma, sin ceder a presiones caprichosas o tentaciones suculentas. Moro no pierde su identidad formal ni temática. Su dibujo es exquisito, cuidado, fundamental, cada vez más decantado y esencial, con una soltura y elegancia soberbia, aporta la fuerza y síntesis que sale de las ideas clarividentes y de la mano suelta y entrenada. Y el color, sutil y contenido, es cada vez más diáfano y transparente, libre de pesos y manchas que en otro tiempo daban a sus obras consistencia y dramatismo, fuerza y referencia. También el color tuvo su "catarsis" y ahora vemos en continuidad el logro del "elemento líquido" que descubriera en la exposición de 2008 en la galería Dolores Sierra de Madrid. La luz se hizo translúcida como hipocampo.

Pero la pintura de Luís Moro siempre ha asumido el reto de contarnos una historia, de ser soporte de un relato, nunca se ha agotado en formalismos cerrados. Crea a lomos de los grandes relatos míticos y su obra es una constante metamorfosis de razones y pasiones, de azules y transparencias, de pegasos y hormigas. Con admirable coherencia e inevitable desbordamiento va creando su micro-macro-cosmos, su hipocampo, su bestiario, repleto de metáforas y microorganismos, de tormentas y magias, de arenas y de aguadas. Pura zooilogía (1998). La obra de L. Moro es un complejo y riquísimo diálogo entre santos y laicos, ángeles y demonios, peces y almas. Luces y sombras. Sacrificios y metamorfosis. Ídolos y tótemes. Tauromaquias y columnas que sostenían el poder S.P.Q.R. Neobarroco e hipermoderno. Mitreo y los elementos simbolizados. Hasta llegar a la firmeza del Reflejo en Castres, Nimes o La Granja (2008). Nos sostenemos en la casi nada, columna evanescente de agua que soporta y refleja, a la vez, nuestra identidad dispersa, nos viene a decir Luís Moro. Por eso necesitamos reforzar los relatos, como reflejos. El arte propone una narración, los datos emergen en cada cultura, europea o precolombina, y desvelan un significado poderoso que en buena medida es universal.

En la galería Fontanar L. Moro nos enseña "Trilogía" (2008 - 2011), con obras procedentes de sus últimas colecciones, "Reflejos", ya vista en La Granja, antes en Castres y en Nimes, y "Papaloapan" ("Río de mariposas") y "Xoloitzcuintle", expuestas en el Museo Macaz en Morelia (México).

En óleos, técnicas mixtas, acuarelas, grabados monotipos, L. Moro intenta reflejar, de la tauromaquia en el laberinto cretense al valle de los dioses en Michoacán, la simbología que da vida y sentido a nuestros miedos y proyecciones. Moro hace arte transcultural, con una pretensión pedagógica y crítica, creativa y comprometida, integrando las imágenes microscópicas de los "Paraísos elementales", al reciente trabajo sobre la mariposa monarca como símbolo de la vuelta del espíritu para los pueblos Purépechas, que muestra en su serie Papaloapan, macrocosmos de seres alados y espíritus libres que, traspasando las fronteras norteamericanas, hacen alarde de la energía imparable de la naturaleza, como visión animista de la cosmogonía mesoamericana.

Color, vuelo, migración, resistencia, fragilidad, reencarnación, metamorfosis. Tributo y memoria al padre. Arte ecológico. Y en la serie Xoloitzcuintle rinde tributo a una raza canina de genética tan especial como de profunda simbología en la cultura hopi. El término xolotl conlleva varios significados, pero todos relacionados con lo divino, que comúnmente era asociado con figuras monstruosas El Xoloitzcuintle, también llamado perro azteca, acompañaba a las almas de los difuntos cuando viajaban al Mictlán, el inframundo, gozaba de atributos mágicos protectores y sanitarios, debido a esto era considerado sagrado por los aztecas, manifestándose esta adoración en muchas representaciones escultóricas y pictográficas.

La obra de L. Moro, compleja e integradora, ambiciosa y exigente, experimental y experiencial, absorbente y contagiosa.

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